25/1/16

Rome Wasn't Built in a Day

Llevamos algo más de 15 días en la casa nueva y me parece oportuno comentar que todavía me cuesta decir mi casa.

La primero noche que dormimos allá, necesitamos dos buenos dardos tranquilizantes para derribar a las nenas que estaban más locas que Nino Dolce en Esperanto y hemos de reconocer que  nosotros otro tanto.

La primera semana después de la mudanza a nuestro día le sobraban 15 horas, estábamos en casa nos mirábamos con J con que cara de ¿y ahora? 
A esa sensación  de vacío de actividades constructivas sobrevino la necesidad de hacer todo ahora, de querer tener puesta hasta la última tapita de luz ya y eso sólo termina de una manera: yes dear fellows MAL.

Empezás a mirar lo que no tenés, lo que querés hacer, las cosas que te gustaría ya estén hechas y todo aquello que para tenerlo hecho habría que pegar cien lucas para poder encomendarle la tarea a alguien que lo haga por vos.

Me sentía bastante gil cuando me embargaba esa sensación de vacío,  cuando todo lo que hicimos este año que pasó, fue laburar como dementes para poder mudarnos. 
Por suerte la carreta se acomoda y vas empezando a hacer tuyos todos los espacios de tu casa. No tenemos plata para reposeras, bueno sale sillón de pallets para el patio, el patio es la selva amazónica, bueno vamos de a poco sacando escombros y yuyos y un poco así con todo.

De las personas que tienen encima recientes mudanzas, tomo esos consejos de saber que voy a tener cajas en el living por seis meses, que Roma no se construyó en un día y estos detalles que te hacen abandonar la pelotudez que se te mete en el torrente sanguíneo.

Las niñas también se tienen que adaptar, no es el caso de Nina que es más vale un alma salvaje poco moldeada por la ciudad, pero si el de Amparo que nació en 55m2 y vivió los últimos dos años de su vida en 42.

¡YO NO ME QUERÍA MUDAR AL CAMPO! berreaba la blonda principita, en uno de sus ataquecitos semanales.

¡MAMÁ UN BICHO GIGANTE CON ALAS Y UNA COLA ENORME! para hacer referencia a un bichito que chocaba insistente contra el farolito del patio.

Nina, busca a los sapos que salen puntuales cuando cae el sol y si fuese por ella los abraza. No es mi caso, que como ustedes saben VENGO DEL CAMPO, mas no suelo fraternizar con las especies animales que no sean agraciadas físicamente y eso lo comprobó J cuando pegué un salto olímpico desde el sillón al pasillo cuando se metió un pariente del sapo Pepe al living o cuando lo llamo por teléfono antes de entrar para que me despeje la puerta de los visitantes.

El viernes a la noche J hizo fuego y comimos los cuatro en el patio en nuestro improvisado juego de jardín, integrado por el sillón de pallets y una mesita construida con dos latas de enduído y una tabla que andaba dando vueltas por ahí. 

Bañados en Off, escuchando la quietud absoluta del lugar, empezamos a dejar de lado todo eso que podemos pensar que nos falta, para hacer nuestro todo esto que hoy somos.



2 comentarios:

  1. Hermoso relato. Y si, hay que disfrutar lo logrado. Por cierto me pasa lo mismo con los sapos :)

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    1. ay si yo se que pobrecitos son úitles por los bichos pero es más fuerte que yo :)

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